sábado, 29 de marzo de 2008
MI ABUELO DANIEL
Tendría yo unos cuatro o cinco años, y comenzaba a reconocer a los adultos de la familia, bueno a los mas lejanos, ya que por supuesto a mis padres y hermanos, ya los reconocía por la cotidiana relación. Pero se fue agrandando el espectro de esos personajes que siendo parte de la familia, se erigen como los horcones, donde descansa toda la dignidad que esos seres les inculcan al clan.Entre esos personajes grandes para mi, estaba mi abuelo, un hombre dedicado al trabajo con tanta vehemencia, que tenia su taller o mejor dicho su estancia detrás de la casa y a la que dedicaba buena parte del día, sembrando lechugas, plátanos, tomates, mangos, caña de azúcar, calabazas, y otros productos, los que vendía a todo el que llegaba necesitado de ellos.Era un hombre muy recto, pero respetuoso, era muy religioso, y algún tiempo le dedicaba a esas actividades, dentro y fuera de la casa. Mi abuela, Dominga, se empeñaba en darle todos los gustos, especialmente en las comidas, así veía yo como a la hora del almuerzo se preparaba la mesa y siempre se ponían uno o dos platos por encima de la cantidad de los que tenían su asiento asegurado, para, decía mi abuelo, los que lleguen, aun siendo de otras familias. Pero una peculiaridad se presentaba en cada sesión de almuerzo o comida. A mi abuelo había que ponerle todos los platos elaborados sobre la mesa y calientes, tan calientes, que a veces me parecía que hervían todavía. A el le gustaba comer así, con la comida bien caliente, y en no pocas ocasiones pude observar como rechazaba los alimentos porque, según el, estaban fríos. Mi abuelo no era un hombre muy preparado académicamente, pero yo lo escuchaba cuando leía un libro religioso que tenia siempre a la mano, luego de alimentarse en la tarde, pues se sentaba en un taburete y se entregaba a esas lecturas. Tenia un carácter muy fuerte, tanto, que castigaba a mis tíos con sanciones que hoy pueden considerarse inadecuadas, porque los ponía en cada posición, por ejemplo, arrodillados en un poco de arena, un ladrillo en la cabeza y uno en cada mano, y a las doce del mediodía, cuando el sol rajaba en dos el día, a mi de solo mirarlos, me daba tremendo miedo, aunque yo nunca tuve con mi abuelo ninguna situación complicada, como no haya sido la sustracción de algún mango de su cesta, y creyéndome que no me podía ver, pues le faltaba la visión en uno de sus ojos, pero en ese instante aparecía su mano, dura y pesada, y me decía: pídemelo, no lo cojas sin permiso. Con esa enseñanza educo en el seno familiar a sus hijos, y estos a sus hijos, y así siempre ha sido en nuestro entorno. A mi abuelo lo visitaban muchos amigos de la zona rural, unos venían a caballo y otros hasta en arrias de mulos, traían productos para vender en la ciudad y la casa de el se convertía en una especie de almacén, mientras aquellos hacían sus negocios por las calles. Sus hijos, Ana Gloria, Felicidad, Maria, Rosa, Ada, Danielito, Celestino y Chicho, lo respetaban por encima de todo, yo creo que ese respeto no se debía solo al fuerte carácter de el, sino al cariño que sentían, porque sabían que los había criado en la mas absoluta expresión de la honradez y el decoro.Cuando yo cumplía 23 años, exactamente el 24 de diciembre de 1971, mi abuelo dejo de existir, y desde su lecho de enfermo, irguió un poco el cuerpo y dijo solo segundos antes de partir: búsquenme una azada y cayo sobre la almohada. Yo estaba allí.
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